
2. La parte del
narrador.
En una entrevista a la revista de literatura Ómnibus [1] la escritora Diamela Eltit es consultada sobre la utilización del narrador en la literatura de Bolaño. Ella responde: “El narrador es el narrador y se mueve y se reconvierte tantas veces como sea necesario, de la manera que sea necesario. Existe en esa instancia un potencial que me parece inacabable. Creo que la experiencia con el narrador tiene que ver especialmente con el proyecto narrativo y la eficacia que se le pueda imprimir mediante procedimientos creativos. Sí, me parece que Bolaño exploró las posibilidades del narrador”.
La propuesta del narrador en Los detectives salvajes contiene un mosaico de voces que enuncian desde su perspectiva (contexto, cronotopía) y dos apartados de entrada y cierre que es el diario del joven García Madero. En La literatura nazi en América nos encontramos con un narrador objetivo en todas las reseñas hasta que irrumpe una voz personal identificado por el narrador Bolaño.
A Rodrigo Fresán le sorprendía cómo comienza
el capítulo noveno de Estrella distante: “Casi al final de Estrella
distante -el primer libro de Bolaño que leí- me encontré con una frase que me
impresionó y me sigue impresionando mucho. Allí se lee: ‘Esta es mi última
transmisión desde el planeta de los monstruos” [2], un lenguaje
residual muy propio de Bolaño y que en 2666 se carga de escatología. “Hans
no entendía cómo una verga se podía poner erecta delante de un agujero del culo
como el de Farfán o el de Gómez. Podía entender que un hombre se calentara con
una adolescente, un efebo, pensaba, pero no un hombre o el cerebro de ese
hombre pudiera enviar señales para que la sangre llenara las esponjas del pene,
una por una, con lo difícil que eso era, con el solo reclamo de un ojete como
el de Farfán o el de Gómez. Animales, pensaba” (Bolaño, 2004: 610). ¿Pero
cómo se comporta el narrador en 2666?
Ya conocemos la anotación del escritor que nos presenta el crítico Ignacio Echeverría que el narrador de 2666 es Arturo Belano que concluiría la obra con un caricaturesco “Eso es todo amigos…”. Sin duda que este remate destruiría toda la novela. Al internarnos en la lectura reconocemos el narrador de la novela decimonónica, pero esa fijeza es removida cuando este narrador se reconvierte y el presente de la enunciación es dirigida por un actante intradigético de manera imprevista: “Los tres poseían una voluntad de hierro. En realidad, otra cosa más tenían en común, pero de esto hablaremos más tarde”.
El acto mismo de narrar se manifiesta como un work in progress constante, en una reconvención interna sobre el material narrado: “después las oblicuas (gotas) se convertían en circulares (gotas) que eran tragadas por la tierra que sostenía el pasto, el pasto y la tierra parecían hablar, no, hablar no, discutir, y sus palabras ininteligibles eran como telarañas cristalizadas o brevísimos vómitos cristalizados” (Bolaño, 2004: 23) o bien el narrador da muestras dubitativas y se refiere en condicional: “y se podría decir, con poco riesgo de equivocación” (Bolaño, 2004: 24).
Un rasgo de desconfianza misma de la
narración, como el sujeto poético de la antipoesía que se arrepiente de todo lo
que dice o que duda o que lleva al absurdo toda enunciación. En el cuento
“Detectives” de Llamadas telefónicas, se encuentra la influencia de tres
poemas de Parra: “Saranguaco”, “Viva
En una entrevista el escritor señala "Le debo a (Nicanor) Parra no sólo mi poesía; le debo a Parra toda mi obra literaria. Me ha enseñado mucho, me ha enseñado a reírme, a tomar la literatura con sentido del humor. Si no hubiera leído a Parra, probablemente no habría llegado a leer a Lawrence Stern. Y ya para finalizar, Parra es como mi atadura telúrica literaria a Chile. Cuando leo a Parra estoy leyendo también, además de estar leyendo al mejor poeta en español vivo, a un compatriota y me recuerda cosas de mi infancia, de mi adolescencia" [4].
La voz narrativa de 2666 entabla un diálogo constante con el narratario, de manera solapada pero en un continuum a través de la obra. Una voz fragmentada, vacilante que a veces duda del mismo objeto que visualiza para narrar: “No puedo pensar en nada sin que la palabra violación asome sus ojitos de mamífero indefenso, pensó Amalfitano. Después se quedó dormido en el sillón, con el libro entre las manos. Tal vez soñó algo. Algo breve. Tal vez soñó con su infancia. Tal vez no.”. (Bolaño, 2004: 278).
El mundo se encuentra diluido en una
materia difusa y ambivalente, por lo que el sujeto de la enunciación reacciona
con escepticismo, quedando inválido, porque el lenguaje ya no se puede afirmar
en un referente valedero y, por lo tanto, no puede afirmar nada sobre éste [5].


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